Dialoghi del terzo millennio

Medina versus Sbailò

LA ERA DE LA AMBIGÜEDAD

Pubblicato da Diego Medina su giugno 17, 2007

Me refieres, mi querido contertulio, la tendencia que tenemos en nuestro tiempo a transformar las determinaciones de lo humano (sexo, familia, etc.) en puras opciones individuales. Yo, ante este profundo dilema, no puedo más que recordar aquel texto que Nietzsche insertó en “La gaya ciencia”, me refiero, como has de presumir, al texto del “loco”, donde Federico nos advierte que hemos matado a Dios. Sí, “¡Dios ha muerto!”, y tras su muerte nos encontramos en la era de la ambigüedad. Una era en la que, como tu muy bien pones de manifiesto, bajo un eufemismo de tolerancia se esconde un radical moralismo intolerante. Una época donde, desde un radical reducionismo, no se tolera ya la concisión y la certeza de “los valores”, de unos valores que, al modo en que Scheler los definiera, son eternos, inmortales e independientes de los bienes que, circunstancialmente, pueden ser motivo de su representación. Ahora, en esta nuestra era, los valores han resultado sustituidos por los bienes -substancia material- y por eso, precisamente por eso, toda nuestra vida se ha convertido en fruto de la elección. Por ejemplo, la familia o el género sexual, entre otros muchos bienes de nuestro mundo, no responden ya a ideales o valores, por el contrario, siendo sólo formas de representación del valor, sin embargo, responden a la elección concreta y arbitraria de quienes los usufructúan y, mediante subterfugios jurídicos, los elevan, no a representación, sino a la categoría de valor; es decir, de valores confeccionados.

¿Recuerdas el parágrafo 125 de La gaya ciencia?. Se que es demasiado largo para reproducirlo aquí, pero no puedo evitar la tentación de recuperar algunas líneas del mismo aquí. “¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió al mercado gritando sin cesar: «¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!»… Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos sus asesinos…¿Hacia dónde iremos nosotros?… «Vengo demasiado pronto —dijo entonces—, todavía no ha llegado mi tiempo. Este enorme suceso todavía está en camino y no ha llegado hasta los oídos de los hombres. El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de los astros necesita tiempo, los actos necesitan tiempo, incluso después de realizados, a fin de ser vistos y oídos. Este acto está todavía más lejos de ellos que las más lejanas estrellas y, sin embargo, son ellos los que lo han cometido».

Cierto me parece que el loco y su mensaje llegaba demasiado pronto para que los mercaderes, a los que Nietzsche se refiere, comprendieran el sentido de su locura (buscar a Dios en un mercado a la luz del día y con un farol encendido), pero, te juro Ciro, no juzgo menos cierto que en esta nuestra era de la ambigüedad la forma de actuar del loco se me antoja toda una lección de cordura. Cordura porque, sin lugar a dudas, es Dios quien justifica el vínculo directo del hombre con la naturaleza, porque, como tu muy bien apuntas, es Él quién autoriza y consiente los componentes no racionales de la naturaleza -la agresividad, la pasión, el afecto, los lazos de sangre (en suma, todo eso que es “naturaleza”)- esos mismos que, ciertamente, después de la ilustración, vienen tendencialmente considerados como sustancialmente extraños a la naturaleza humana. Por eso ahora el discurso del loco cobra todo su sentido; ahora sus palabras se llenan de significado y describen perfectamente este mundo, en el que nos ha tocado vivir, abocado a la consumación del desarraigo, un mundo donde ya nada “es lo que es”, sino lo que “puede ser” o -lo que es peor aún- lo que “puede ser deseado”; un mundo donde todos nos hemos resignado a admitir que la ausencia de un horizonte es el estado normal de la existencia.

 

 

La muerte de Dios, el fin de la naturaleza y de los ideales -de la agresividad, de la pasión, del afecto, de los lazos de sangre, de los valores…- arroja al hombre a un mundo sin referencias, lo introducen a un paisaje incontextualizado, a un mundo donde, a falta de referentes auténticos, nos vemos obligados a recurrir a la técnica de la representación; un mundo donde, para poder orientarnos y salir del nihilismo en el que hemos caído -como consecuencia de nuestra temeraria confianza en la razón-, nos dedicamos a construir la caricatura de lo natural. Y ésta, querido amigo, es la causa de que en nuestra era de la ambigüedad nos veamos obligados, paradójicamente, a construir, artificialmente, aquello que antes fue natural, aquello que nosotros mismos hemos destruido.

 

 

Algún tiempo más tarde Martín Heidegger, con unas muy acertadas palabras, lo confirmaría en el ensayo que tituló “La frase de Nietzsche “Dios ha muerto””: “Dios es el nombre para el ámbito de las ideas y los ideales. Este ámbito de lo suprasensible pasa por ser, desde Platón o mejor dicho, desde la interpretación de la filosofía platónica llevada a cabo por el helenismo y el cristianismo, el único mundo verdadero y efectivamente real. Por el contrario, el mundo sensible es sólo el mundo del más acá un mundo cambiante por lo tanto meramente aparente, irreal. El mundo del más acá es el valle de lágrimas en oposición a la montaña de la eterna beatitud de más allá. Si, como ocurre todavía en Kant, llamamos al mundo sensible “‘mundo físico” en sentido amplio, entonces el mundo suprasensible es el mundo metafísico. La frase «Dios ha muerto» significa que el mundo suprasensible ha perdido su fuerza efectiva. No procura vida. La metafísica, esto es, para Nietzsche, la filosofía occidental comprendida como platonismo, ha llegado al final. Nietzsche comprende su propia filosofía como una reacción contra la metafísica, lo que para él quiere decir, contra el platonismo”.

Necesitamos, pues, volver a los ideales, a los valores, a la naturaleza y, en consecuencia, a la resurrección de Dios para poder hacer ver a las jóvenes generaciones la trampa que constituye esta era de la ambigüedad, para hacerles comprender que, por cómodo que parezca el hecho de que todo pueda ser objeto de libre elección, esa postura sólo nos conduce a la desorientación y al error y, como consecuencia, al vacío y a la infelicidad.

 

 

Podremos afirmar que la decisión de vivir o morir es algo que nos pertenece, podemos determinar formalmente nuestro sexo, podremos dar el nombre de matrimonio a cualquier tipo de unión entre personas, podremos pensar que el dinero y lo que con el se obtiene es lo que confiere el valor a las cosas, y tantas cosas más, pero me pregunto ¿esta forma de ambigüedad contribuye a hacernos más felices? Y, sobre todo, ¿no te parece cierto que al sustituir los ideales y los valores por sus representaciones -en forma de bienes materiales- estamos contribuyendo a generar un mundo confuso que favorezca la aparición del absolutismo jurídico?. Es más ¿en cierto modo, nuestro tiempo no es ya un tiempo en el que el citado absolutismo es una realidad?

 

 

No se, mi querido amigo, si he logrado dar respuesta a tu pregunta, pero cierto es verdad que tengo la convicción de que con lo dicho no he hecho más que darle la vuelta “al calcetín”, supuesto que la cuestión fundamental sigue en pie: ¿cómo podemos, en un mundo que ha asesinado a Dios, recuperar todo lo que este significaba?.

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